La ley de la vida generalmente implica una serie de normas dentro de las cuales se encuentra también la partida de los hijos de casa del núcleo familiar de origen, ya sea por matrimonio, independencia individual o viajes laborales o académicos.

Cuando los hijos se van de casa se produce un proceso de vivencia de duelo ya que los padres experimentan una pérdida relacionada con la convivencia con sus hijos y de la percepción de “pérdida de afecto”.

El nido vacío ha sido percibido como un factor que afecta el bienestar psicológico de los padres, de manera especial en la madre que percibe un sentimiento de la pérdida del rol parental y del sentido de vida. Al ser experimentado como una pérdida y por lo tanto como un duelo, puede provocar síntomas relacionados con el cambio de estado de ánimo, tales como síntomas depresivos, de ansiedad y sentimientos de aburrimiento, inutilidad y soledad.

Los padres mantienen expectativas de ser retribuidos con afecto, apoyo moral y en algunos casos, ayuda financiera o en especies en el caso de los jubilados y atención de los más viejos en casos de enfermedad. Es en el juego de estas expectativas mutuas en el que operan muchos de los conflictos intergeneracionales entre hijos adultos y padres viejos.

Como animales sociales que somos, los seres humanos no podemos vivir a plenitud estando aislado, pues tenemos el instinto gregario muy desarrollado y necesitamos de nuestra familia, sobre todo y entre otras cosas, cuando se propone llegar a la adultez mayor con una calidad de vida óptima. De ahí la importancia que tiene la familia en la atención y cuidados al adulto mayor y el papel que juega el anciano como parte integrante de ella.

El desarrollo social y la modernidad, han traído consigo nuevas concepciones de estructura y relaciones familiares al tiempo que se han producido drásticos cambios sociopolíticos y económicos a escala mundial, que han generado afectaciones universales en la estabilidad, dinámica y funcionamiento de la familia. Problemas como el desempleo, la pobreza, la guerra, el crimen, las variadas formas de violencia, las adicciones, la xenofobia, el abandono familiar y el azote de ciertas enfermedades, conforman el dramático panorama de la familia en la actualidad. Por consiguiente, el culto a la juventud y la consecuente desvalorización de lo viejo, las migraciones, entre otros, que acarrean la separación casi definitiva de la familia y dan lugar al desarraigo familiar y cultural y a la existencia de adultos solos, muchas veces en calidad de albergados, han llevado también a la reducción de la familia por la partida de los hijos.

Sumado a la experiencia de duelo que experimentan los adultos mayores por esta pérdida, se agregan los cambios coincidentes con esta etapa de nido vacío tales como: el inicio de la tercera edad, el enfrentamiento de la jubilación, en algunos casos, atención de los padres envejecidos y el ejercicio de nuevos roles familiares.

Teniendo en cuenta lo anterior, se puede plantear que la importancia de la familia para el adulto mayor está dada en que para éste, representa el núcleo donde se encuentran quienes le pueden brindar la ayuda que pudiera necesitar y ser fuente de apoyo afectivo tan necesario para asumir las pérdidas que conlleva el envejecer.

Cuando el adulto mayor percibe que pierde este apoyo, experimenta miedo porque piensa entonces que pierde el afecto y la ayuda ante cualquier dificultad que puede acarrear el hecho de llegar a esta etapa de la vida.

Para afrontar este tipo de crisis que se presenta en esta etapa del ciclo vital una opción es que el adulto mayor se enfoque en los nuevos roles que debe afrontar dentro del núcleo familiar, tales como: ser padres de hijos adultos, ser abuelo(a), eventualmente ser viudo(a) y aprender a vivir sin la compañía de su cónyuge, ser suegro(a), entre otros. Dentro de las principales funciones de ser abuelos, enfocarse en: la función gratificadora que surge de una relación afectiva con el nieto, el hecho de pensar que el abuelo se perpetúa en el nieto, la reparación de relaciones anteriores con los hijos, la trasmisión de valores y cultura familiar, ser imagen de identificación para los nietos, la recuperación del patrimonio consanguíneo y perpetuación de la descendencia.

Además, pensar en que esta situación ayudará al reforzamiento de la pareja en la edad adulta, producto de la libertad que concede el alejamiento de los hijos, la renovación de su sexualidad, el aumento en la intimidad y una valoración diferente de la relación, ayuda a ver este momento desde otro punto de vista.

Si lo vemos desde el punto de vista del fortalecimiento de la familia extensa, ser un abuelo disponible y cariñoso, cercano al nieto, ubicado en la etapa evolutiva que está viviendo, que acepta el ser abuelo como un aspecto más de su identidad personal, familiar y social, respeta las reglas del sistema parental, respeta el crecimiento del nieto, del hijo y de él mismo en su etapa y papel, que tiene flexibilidad frente a los cambios y necesidades, siendo capaz de asumir en situaciones críticas, la función que haga falta, resulta ser un factor protector frente a la experiencia de la etapa del nido vacío.

 

Cuando los padres entran en la vejez y no pueden cuidarse por sí mismos pasan a ser cuidados por los hijos lo que puede provocar fricciones, por lo general muy serias, llegando a convertirse en una crisis que algunos llaman de desvalimiento. La mejor solución, según plantean estudiosos del tema, es la aceptación realista de las fuerzas, limitaciones y las habilidades para permitirse ser independiente por parte del anciano y que el hijo adulto, tenga la habilidad de aceptar el papel de cuidador y simultáneamente siga siendo hijo.

Los adultos mayores tienen mucho por contribuir: tienen sabiduría y experiencia y al mantenerlos saludables, funcionales e independientes, pueden continuar contribuyendo a sus comunidades y a sus familias y tendrán mayor percepción de felicidad.

De ahí que se recomienden actitudes que le permitan al adulto mayor ser un integrante respetado y valorado en todo momento en el marco de la familia tales como: actitud de comprensión hacia los miembros de la familia, aceptar a cada uno con sus cosas buenas y malas, mostrarse prudentes, discretos y con mucho tacto en su actuar con las personas de la familia, escuchar y hablar lo justo y necesario, cuidar de no herir y no dar consejos no solicitados. Por parte del adulto mayor: ceder en su justa medida, especialmente con los adolescentes y jóvenes, de manera que para ellos sea un agrado el venir a la casa de los abuelos, tratar de ayudar pero no entrometiéndose ni imponiendo ideas, mantener una buena comunicación de confianza y de mucho diálogo, compartir situaciones, actividades, decisiones, evitar peleas y discusiones, no inmiscuirse en la vida de los hijos sino dejar que ellos hagan su vida como estimen conveniente e intentar no ser quejumbroso y negativos.

Pensar en realizar actividades de ocio saludable como una actividad deportiva o física, o una actividad intelectual o cultural, o retomar una actividad que por falta de tiempo y por asumir un rol de cuidador de hijos no continuó con el paso del tiempo, es una opción también para afrontar las dificultades emocionales que pueden conllevar este tipo de situaciones. Puedes preguntar en las universidades de tu ciudad, en la Alcaldía, en tu caja de compensanción, incluso en tu mismo barrio existen actividades ajustadas al ciclo vital por el cual estás atravesando, a buen precio, que te permitirán tener la cabeza ocupada, tener una programación semanal y reforzar redes de apoyo social.

 

Referencias

Campoverde Luna, K.P. (2015). El síndrome del nido vacío y su influencia en los estados depresivos de padres con hijos que migran fuera del país, en los habitantes del cantón Chaguarpamba provincia de Loja, periodo 2014-2015 (Tesis de maestría). Universidad Nacional de Loja, Ecuador.

Martínez, A. (2010). Síndrome del nido vacío. Universidad Salamanca. Recuperado en http://cefim.org.mx/index.com_content&view=3Asindrome-del-nido-vacio- &catid=74%3familia

Placeres Hernández, J. F., de León Rosales, L. y Delgado Hernández, I. (2011). La familia y el adulto mayor. Revista Médica Electrónica33 (4): 472-483.

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