La vida de los seres humanos se caracteriza por una serie de etapas de desarrollo biológico y experiencial en el que a grandes rasgos, se nace, se desarrolla, se reproduce y se muere. Estas fases se dan a lo largo de los periodos de la niñez, la adolescencia, la adultez y la vejez.
La etapa de la adolescencia específicamente, representa un momento de cambios vitales, ausencia de responsabilidades y competencias que los jóvenes deben afrontar y que pueden generar estados de inestabilidad emocional y en la que además, se comienza a estructurar la construcción de la propia identidad. Por esta razón es en esta fase en la que es más común encontrar problemas relacionados con la baja autoestima, debido a la vulnerabilidad de la persona, asociada a sus cambios físicos y emocionales.
La autoestima es el aprecio y la aceptación propios hacia nuestra corporalidad y hacia nuestra forma de ser. Es un concepto multidimensional ya que abarca diferentes áreas, tales como la física, moral, personal, familiar (estilo de educación, crianza y de apego), y social (medio académico y/o laboral), y de identidad, autosatisfacción y conducta. De este modo, generamos un concepto de nosotros mismos en cada uno de esos dominios. La sociedad, sobretodo en la actualidad, mediante el refuerzo del bombardeo de imágenes de perfección, muchas veces alteradas virtualmente, se ha encargado de crear estándares de belleza, inteligencia y estilos de vida, que no corresponden con la vida real y que resultan inalcanzables para la mayoría de seres humanos, sin discriminación por sexo, edad o estrato social.
Lo anterior conlleva a una serie de prácticas físicas e intelectuales para alcanzar metas en la gran mayoría de las ocasiones, absurdas, con el fin de lograr una imagen corporal distante de la propia realidad y/o experiencias de vida y alejadas de las propias capacidades. La persona realiza intentos infructuosos por alcanzar esa cima y se da de bruces con la realidad, generando sentimientos de fracaso, inutilidad e inferioridad que dañan su amor propio.
Está bien ser autocrítico de forma funcional, coherente y adaptativa, lo que nos permite ser mejores personas en todas las áreas que nos conforman y superar las marcas impuestas por nosotros mismos como en una competencia personal. El problema está cuando nos comparamos con los demás y pretendemos competir con el de al lado, sin conocerlo y pretendiendo ser como él, sin entender causas, razones, procesos personales ajenos e idealizando metas que ni siquiera concuerdan con nuestra propia vida.
Esta discrepancia entre la realidad objetiva y la realidad subjetiva, desarrolla niveles bajos de autoestima, alienación personal y una búsqueda sin sentido de un falso “ascetismo”, que solo conlleva a autoflagelación, insatisfacción personal y tristeza, muchas veces percibida como sin “causa aparente”.
La capa de la depresión percibe todo lo oscuro y negativo y ofrece pocas esperanzas de cambio. Ésto afecta a cómo la persona se percibe a sí misma. Si la baja autoestima ha hecho que pierdas la visión de tí mismo como una persona sin valor y se te dificulta imaginar qué pueden ver otras personas en tí mismo, lo anterior puede jugar un papel significativo, considerando por ejemplo, el suicidio como respuesta a una existencia sin valor.
La etapa de la adolescencia no es la única que presenta este tipo de inconvenientes relacionados con la baja autoestima. A lo largo del desarrollo y precisamente relacionado con la percepción de “pérdida de juventud”, se evidencian quejas relacionadas con deficiencias, incapacidades y limitaciones percibiendo que no es posible adaptarse a las exigencias del entorno, generando inseguridad y desagrado debido a la percepción de dichas pérdidas.

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Juana Cáceres - Psicologa.co - [email protected]

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