La situación actual de pandemia inevitablemente conlleva cientos de muertes por COVID-19, y en consecuencia miles de personas se encuentran en un proceso de duelo que tiene características particulares y atípicas: por un lado, no es posible llevar a cabo los rituales alrededor del fallecimiento que se han privilegiado históricamente, lo cual puede dificultar la consecuente aceptación de la pérdida, y por otro lado, al haber estado en contacto con la persona fallecida los dolientes podrían haberse contagiado y por ende, simultáneo al afrontamiento de la pérdida deben afrontar la temida enfermedad. En este sentido se vuelve sumamente importante tener presente ciertas orientaciones frente al manejo de esta situación tan dolorosa que cada día se vuelve más prevalente en nuestro país.

 



En primera instancia, uno de los factores que facilitan un duelo adecuado es concebir al duelo como un proceso, pues esta concepción implica que sus características y el tiempo de duración dependen de la particularidad de cada una de las personas que han sufrido la pérdida, y es natural que se presenten variadas y variables reacciones emocionales. Así las cosas, es importante respetar los tiempos propios y los de otros en cada una de las etapas del duelo, y en este sentido la recomendación principal es brindar un acompañamiento genuino sin juicios de valor frente a la experiencia emocional que cada afectado experimenta después de la pérdida.

De manera general se ha encontrado que hay cinco etapas características de un proceso de duelo:

(a)    Negación: es un estado en el que la persona siente incredulidad y confusión frente a lo sucedido.

(b) Ira: cuando se es consciente que efectivamente ocurrió la pérdida la persona puede experimentar ira o emociones asociadas como la culpa hacia uno mismo o hacia otros por lo ocurrido.

(c) Negociación: el doliente empieza a identificar cosas que pudo o puede hacer para disminuir el sentimiento de culpa por el fallecimiento del ser querido o para aliviar los efectos dolorosos de la pérdida.

(d) Depresión: la ausencia del fallecido genera una sensación de vacío y una emoción de tristeza profunda, puede implicar aislamiento o desesperanza frente a la vida.

(e) Aceptación: la persona aprende a convivir con el dolor de la pérdida y se enfoca en reconstruir nuevos sentidos y adaptarse a una nueva vida sin la persona fallecida.

 

Por otro lado, se ha encontrado que uno de los factores que facilitan la aceptación de la pérdida son los rituales de despedida. Dado que en la situación actual rituales como la velación, la cremación, la misa y el funeral no se pueden llevar a cabo, parece sumamente importante recurrir a la creatividad para realizar este tipo de rituales. Aquí la recomendación es hacer ciertas cosas a nivel personal o grupal que tengan como objetivo la expresión del dolor y también de los recuerdos asociados a la persona fallecida. A través de estos rituales se facilita el fortalecimiento de los vínculos de apoyo entre los afectados y se crean oportunidades para construir comprensiones que propicien la continuidad de la vida.

Algunas de estas acciones podrían ser:

  • Escribir cartas hacia o sobre el fallecido y compartirlas en una reunión con los más allegados de manera virtual.
  • Armar una caja de tesoros con objetos, fotografías, documentos y/o mensajes que recuerden al fallecido.
  • Hacer actividades que se disfrutaban hacer junto al fallecido: escuchar sus canciones favoritas, ver cierta película, cocinar su plato preferido, etc.
  • Si se tienen creencias religiosas, reunirse de manera virtual para propiciar un espacio de oración.
  • Elaborar una especie altar o mural en casa, en el que cada uno de los allegados aporte en su construcción.
  • Escribir un libro de anécdotas con la persona fallecida o de sus principales enseñanzas.
  • Crear un álbum de fotos con los momentos más importantes que se compartieron con el fallecido.

En conclusión, es natural que el doliente sienta de la manera en que lo hace, pues la muerte implica la pérdida de un conjunto de interacciones, proyectos, expectativas, experiencias, roles y significados que ese ser querido representaba para su vida. El reconocimiento de esa pérdida y de sus implicaciones vitales, entre ellas las emociones que le genera la ausencia, es el primer paso para emprender, con el tiempo y a su propio ritmo, una serie de cambios que resulten en la adaptación a la pérdida. Además, propiciar acciones de despedida, particularmente en esta situación de pandemia, es fundamental ya que hablar sobre el fallecido y expresar lo que se piensa y siente acerca de lo sucedido favorece un proceso de duelo que tenga como resultado aprender a convivir con el dolor de la pérdida y se encuentren formas de vivir con sentido en un mundo donde el fallecido ya no está presente.

Referencias

Vargas Solano, Rosa Elena. (2003). Duelo y pérdida. Medicina Legal de Costa Rica20(2), 47-52. Retrieved August 02, 2020, from http://www.scielo.sa.cr/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1409-00152003000200005&lng=en&tlng=es.

COLPISC (2020). Guía básica para el acompañamiento y el afrontamiento del duelo

Díaz, P., Losantos, S. y Pastor, P. (2014) Guía de duelo adulto para profesionales socio-sanitarios. Fundación Maria Losantos del Campo

 

 

Ericka Cañas  – Psicologa Clínica  – Psicologa.co – Especialistas en Salud Mental

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