Además las secuelas psicológicas que deja en los familiares este tipo de muerte, son bastante profundas, a parte de los sentimientos de vergüenza, culpa y autoreproche.
Por lo general, las conductas suicidas suelen presentarse en las edades medias de vida, sin embargo en la actualidad se presentan dos picos crecientes: en la adolescencia/juventud y en la vejez.
En los adolescentes y jóvenes, los principales detonantes que se han encontrado, relacionados con la conducta suicida, son: a nivel clínico, el consumo abusivo de alcohol/drogas o la aparición de una depresión o de un brote psicótico; a nivel ambiental, un entorno familiar y social deteriorado, un desengaño amoroso, una orientación sexual no asumida, el fracaso escolar reiterado o el acoso o ciberacoso; y a nivel psicológico, la presencia de algunas características de personalidad, como impulsividad, baja autoestima, inestabilidad emocional o dependencia emocional extrema, asociadas por ejemplo a maltrato, incluso conductas de imitación e identificación social. Generalmente las tasas de intentos suicidas son más altas en comparación con la de suicidos consumados, ya que los métodos utilizados generalmente son del tipo de ingesta de pastillas y/o de autolesiones en los antebrazos, que resultan menos letales.
En los adultos, se han encontrado como posibles desencadenantes: sensación de fracaso personal, laboral y familiar o un reproche social que les sume en una profunda desesperanza. Si a esta situación se añade la presencia de soledad, de una red pobre de apoyo social, de trastornos mentales (depresión especialmente), o de enfermedades crónicas incapacitantes o con mal pronóstico, el riesgo aumenta.

En los adultos mayores las principales motivaciones se pueden resumir en: sentimientos de soledad, pérdida de pareja o de abandono de los hijos, la sensación de ser una carga para los demás y las enfermedades crónicas graves, sobre todo cuando generan depresión, malestar, incapacidad funcional y aislamiento social.
En estas últimas etapas de la vida los métodos pueden ser más letales, provocando un suicidio consumado.
En cuanto al género, los estudios han arrojado que las mujeres presentan mayor tasa de intentos suicidas, ya que generalmente no suelen utilizar métodos tan letales y expeditivos, como en el caso de los hombres, quienes suelen ser más impulsivos, tienen una menor tolerancia al sufrimiento crónico, les cuesta más buscar ayuda ante el sufrimiento y están más afectados por trastornos adictivos.
Si bien cerca del 80% de las personas que consuman el suicidio están afectadas por un trastorno mental (como la depresión, la ansiedad, el trastorno bipolar, los trastornos adictivos, trastorno límite de la personalidad, trastornos alimenticios como la anorexia, trastornos psicóticos), no siempre es así; muchas veces las personas sienten que la vida es ya insoportable y que la muerte es la única vía de escape, ya sea del dolor físico o emocional, de la enfermedad terminal, de los problemas económicos, de las pérdidas afectivas o de otras circunstancias, como la soledad o humillación.
Los principales signos de alarma ante cualquier conducta suicida se pueden resumir en los siguientes: intentos previos de suicidio (sobre todo si se ha recurrido a métodos potencialmente letales); antecedentes de suicidio en la familia; la expresión verbal, más o menos explícita, de un sufrimiento desbordante y del propósito de matarse, mucho más aún cuando hay una planificación de la muerte; los trastornos psicopatológicos; enfermedades crónicas dolorosas o cuando se produce un aislamiento social indeseado; tensiones vitales múltiples ante las cuales la persona no cuenta con estrategias de afrontamiento, como los conflictos familiares, la pérdida de empleo y una situación económica desfavorable, el descubrimiento de un escándalo político o económico, los desengaños amorosos o el fallecimiento reciente de un familiar cercano; sentimientos de desesperanza, gran sufrimiento y angustia emocional, y síntomas de apatía, presentación de conductas riesgosas, consumo de sustancias y pobre higiene del sueño, de la alimentación y del cuidado personal.
Los principales factores de riesgo pueden ser factores predisponentes (haber sufrido sucesos traumáticos en la infancia, tener una historia previa de intento suicida o de suicidio en la familia, mostrar un nivel alto de impulsividad/inestabilidad emocional o carecer de recursos de afrontamiento adecuados), y factores precipitantes que interactúan con los anteriores (fase aguda de un trastorno mental, pensamientos suicidas, el fácil acceso a métodos letales, el acoso o algún acontecimiento vital adverso reciente, sobre todo si genera humillación profunda). Además si se suman ciertas circunstancias psicosociales como estar separado o sin pareja o verse obligado a hacer frente a situaciones vitales estresantes intensas o duraderas, como una enfermedad crónica, el abandono de sus seres queridos o la pérdida de estatus social, la vulnerabilidad se acrecienta.
Existen factores de protección con los que cuentan algunas personas, que a pesar de estar atravesando por situaciones de díficil manejo, cuentan con una capacidad de resistencia que se caracteriza por algunos rasgos de personalidad, niveles de autoestima adecuados, flexibilidad cognitiva, adecuado control de los impulsos, estabilidad emocional, estrategias de afrontamiento apropiados, especialmente en el ámbito de la resolución de conflictos o de las habilidades sociales y una satisfacción con la vida en general. Asimismo, el repertorio de valores del sujeto, de tipo religioso, espiritual o altruista, puede neutralizar hasta cierto punto los pensamientos derrotistas o la ideación suicida. Los adecuadas relaciones sociales y familiares desempeñan también un papel protector, así como también buscar ayuda profesional si la persona siente que sus recursos personales de afrontamiento ante los problemas, son escasos o nulos.
Si sientes que tú o alguna persona allegada a ti presenta ideación suicida, no dudes en hablar con tu red de apoyo más cercana y buscar ayuda especializada. HABLAR SOBRE EL SUICIDO como lo hemos hecho en este artículo y como se puede hacer en una sesión psicoterapéutica, NO AUMENTA EL RIESGO. Este es un mito que se ha mantenido popularmente y ha construído silencios y tabués alrededor de esta problemática de salud pública, que sólo empeora las cosas. En un espacio terapéutico puedes hablar con tranquilidad sobre lo que te sucede y te preocupa y no solo alivianar tu malestar emocional, sino poco a poco comenzar a reforzar estrategias de solución de conflictos ante los problemas. A veces sentimos que éstos no tienen solución y tenemos “visión de túnel”, cuando en realidad el horizonte es más amplio y pueden existir caminos alternativos a la solución, tanto si el problema es modificable o no. Las situaciones difíciles de la vida no las podemos modificar pero sí el cómo reaccionamos a ellas y qué hacemos para lidiar y aprender a convivir con ellas.
Referencias Caycedo, A., Arenas, M., Benítez, M., Cavanzo, P., Leal, G. Y Guzmán, Y. (2010). Características psicosociales y familiares relacionadas con intento de suicidio en una población adolescente en Bogotá-2009. Persona y Bioética, 14 (2): 205-213. Echeburúa, E. (2015). Las múltiples caras del suicidio en la clínica psicológica. Terapia psicológica, 33 (2): 117-126. Gómez Restrepo, C., Bohórquez Peñaranda, A., Gil Lemus, L., Jaramillo, L., García Valencia, J., Bravo Narváez, E., de la Hoz Bradford, A. y Palacio, C. (2013). Evaluación del riesgo de suicidio en la guía de práctica clínica para diagnóstico y manejo de la depresión en Colombia. Revista Colombiana de Psiquiatría, 42 (1): 3-11.
Juana Cáceres - Psicologa.co - [email protected]

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