Redes sociales, nuevas formas de comunicar emociones e interactuar con los demás.

Las emociones básicas de todo ser vivo en general son las siguientes:

-Felicidad

-Tristeza

-Ira

-Miedo

-Sorpresa

-Asco

 

Se identifican también otras emociones secundarias o sociales como por ejemplo: la vergüenza, los celos, la culpa y el orgullo. Y otras de fondo, como por ejemplo: el bienestar, el malestar, la calma, la tensión, la energía, la fatiga, la anticipación y la desconfianza.

 

Desde que nos levantamos para iniciar un nuevo día hasta el momento de acostarnos, nuestro cerebro está procesando pensamientos, emociones y sentimientos sin descanso, que nos hacen pensar, sentir y actuar de una manera determinada dentro de la sociedad (ya sea con la familia, los compañeros de trabajo y nuestro grupo de amigos).

 

 

Es a través de nuestras emociones que nos comunicamos con nuestro entorno y en este siglo XXI, es una realidad que la forma de comunicarnos entre nosotros ha sufrido unos cambios elocuentes, gracias al avance y al desarrollo tecnológico en telecomunicaciones y hoy en día, las redes sociales, por ejemplo, hacen parte de nuestro día a día.

 

A través de redes como WhatsApp, Facebook, Instagram, Twitter, Tinder, solo por mencionar las más populares, podemos intercambiar múltiples y variados contenidos, transmitir mensajes y emociones con textos propios o inspirados en canciones o libros, o con emoticones, y para muchas personas se ha vuelto una necesidad como comer, dormir e ir al baño, el hecho de revisar constantemente sus redes sociales. Estamos por lo tanto en constante interacción con los nuestros y con los no tan “nuestros”, porque podemos también tener algún tipo de contacto con celebridades que admiramos, ver e interactuar con sus publicaciones e incluso tener una conversación con ellos.

 

Sin duda alguna estamos entonces ante un nuevo fenómeno de interacción a través de la tecnología que ha cambiado la forma de comunicarnos, de relacionarnos con los demás, incluso de pensar, sentir y vivir.

 

Como lo mencionamos anteriormente, es nuestro cerebro quien procesa los pensamientos, emociones y sentimientos y al existir un nuevo instrumento como lo es la tecnología, en el que volcamos todo ello y también recibimos diversos tipos de mensajes, se pueden presentar errores de interpretación, porque no es igual interactuar con una máquina, que con un ser humano, cara a cara.

 

Cuando percibimos una imagen, un video, un mensaje o un emoticon en las redes sociales, nuestro cerebro se activa en diferentes zonas y envía señales para que se genere una emoción determinada. El problema está en que gracias también a nuestro cerebro, se generan conexiones para procesar recuerdos, ideas y aprendizajes propios, que procesan y crean una “imagen virtual” de una situación determinada que para la persona que hizo la publicación o mandó el mensaje pueden significar una cosa y para el receptor del mensaje, otra. ¿Porqué? Porque solo contamos con una información plana que carece de cualquier emotividad típica de la interacción humana, a través de gestos, miradas, tonalidades de voz, silencios y cualquier otro tipo de comunicación verbal y no verbal.

Para que exista comunicación se procesan entonces diferentes emociones y otros procesos psicológicos que dependen de múltiples factores, incluyendo el medio de comunicación a través del cual se transmite un mensaje.

Además la comunicación humana  es multidimensional: en él se integran aspectos sensitivos, afectivos y racionales.

 

La interacción en redes comprende los siguientes elementos: inmediatez o instantaneidad (que puede no implicar calidad); personalización, en la que el usuario puede elegir cómo, dónde, cuándo y con qué contenido desea tener interacción; ampliación de información según los deseos del usuario; no linealidad que implica diversas rutas de enlace con el contenido con el que se desea interactuar y por lo tanto a tener la posibilidad de obtener mayor cantidad de información y participación en la que el usuario es buscador y creador de contenido activo, no pasivo.

 

Sin embargo por más que la tecnología haya avanzado y nos ha demostrado cada día que es mucho más completa, rápida e instantánea, jamás superará la inmediatez con la que interactuamos en persona con los demás. No es igual de rápido el recibir una nota de voz, que escuchas luego de ser grabada y enviada, en la que te dicen que te quieren y que te mandan un abrazo, a recibirlo en persona. Incluso algunos avances científicos apuntan a tecnología que emula el cerebro humano que puede aprender y pensar a modo de cerebro global pero todavía es algo que no se ha desarrollado completamente y que no termina de convencer a algunos usuarios.

 

¿Estamos entonces ante un mero cambio de plataformas de comunicación e incluso la interacción en nuestra comunicación ha también cambiado?

Es evidente que estamos ante una revolución digital que ha modificado la forma en la que nos relacionamos con los demás y en la que percibimos, procesamos y expresamos las emociones de terceros y las propias y que ha hecho que desaprendamos o no aprendamos de la mejor forma a reaccionar ante situaciones de la vida cotidiana y sobre la comprensión del mundo “real”.

Como lo hemos mencionado, la comunicación humana es mucho más rica y sustanciosa y las nuevas generaciones no han aprendido a interactuar con el otro si no es a través de una pantalla.

 

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Según un estudio realizado en la Universidad de Southern California (en Los Ángeles, EEUU), en el año 2009, en donde el neurólogo Antonio Damasio dirige el Instituto del Cerebro y la Creatividad, los sentimientos relacionados con cuestiones morales y psicológicas, como la admiración ante imágenes en las que se evidencia un acto positivo o alguien se destaca por algo, tardaron más tiempo en activarse en el cerebro, sin embargo duraron más tiempo activas en éste, a diferencia de otro tipo de imágenes físicas, como las de un accidente. Lo anterior significa que al cerebro se le dificulta procesar imágenes relacionadas con aspectos psicológicos, sin embargo perduran más en nuestro cerebro. A través de las redes sociales, entonces, la empatía social necesita de mayor reflexión, pero con la percepción de rapidez e inmediatez con la que ocurre la interacción en redes sociales, ¿nuestro cerebro está preparado para producir emociones reales y adecuadas a esa velocidad?

En ese sentido la comunicación digital es entonces mucho más complicada que la tradicional y la emoción que se puede producir a través de la primera interacción no se da de forma plenamente consciente, racional, más bien impulsiva, poco reflexiva, dada la inmediatez del mensaje.

Lo anterior va a que cuando recibimos una notificación sobre una actualización de estado de algún conocido o de una publicación de la última foto de sus vacaciones, no nos quedemos con el sentimiento subjetivo de la desconfianza, por ejemplo, y pensando “¿Porqué me escribió ese mensaje? ¿Está de mal genio?”, “Esa foto la subió porque lo único que hace es viajar y pasarlo bien…”. Las nuevas tecnologías sí que nos han ayudado a mejorar nuestra vida laboral, a reencontrarnos con personas con las cuales habíamos perdido el contacto, a comunicarnos en la distancia con un ser querido, pero recordemos que la interacción humana (una llamada telefónica, una invitación a tomar un café, incluso una videollamada en la que puedo tener contacto visual con mi interlocutor), jamás la remplazará una carita guiñando un ojo o una manito arriba para dar un like.

Recuerda además que las personas, incluyendo nosotros mismos, generalmente no publicamos situaciones o imágenes en donde se nos vea tristes o en donde anunciemos las tragedias de nuestras vidas, porque generalmente cuando nos encontramos o nos sentimos así, no lo hacemos público, es más bien un evento privado y en realidad no sabremos nunca con total certeza los pensamientos, sentimientos y emociones que hay detrás de un mensaje o una publicación. Recuerda que detrás de la pantalla hay otro ser humano como nosotros, con tristezas, miedos, iras, sorpresas, ascos, celos o admiración. Las personas y las situaciones somos mucho más complejas que un mensaje de texto o una foto sonriente.

Por ésto, la próxima vez que enviemos un Whatsapp, que publiquemos una foto o que veamos publicado contenido de las personas que admiramos o de nuestros amigos, reflexionemos sobre las emociones que estamos sintiendo, pensemos en que faltan más elementos de comunicación “real”, como un tono de voz o un contexto específico, y no reaccionemos de forma inmediata e impulsiva y utilicemos también la comunicación de antaño, como la llamada telefónica o el compartir cara a cara con ese amigo que no vemos hace rato para volver a sentir de forma más funcional.

Debemos aprender a utilizar las nuevas herramientas tecnológicas, así como las capacidades cognitivas humanas, de tal forma que dichas herramientas se adapten a nuestras capacidades y no al revés, con el propósito de que haya una comunicación eficaz. No se trata de no utilizarlas, sino de saberlas utilizar.

 

Referencias

Damasio, A. (2000). “A second chance for emotion” en R.D. Lane y L. Nadel (eds.): Cognitive Neuroscience of Emotion. Nueva York: Oxford University Press, pp. 12-23.

Hochschild, A. (2008). La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y el trabajo. Barcelona: Katz.

Martínez Rodrigo, E., Segura García, R., Sánchez Martín, (2011) “El complejo mundo de la interactividad: emociones y redes sociales”, en Revista Mediterránea de comunicación, 2, pp. 171-190. Recuperado el día 04 de Junio de 2019.

 

 

 

 

 

 

 

Juana Caceres – Psicologa.co – juanacaceres@psicologa.co

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